Los besos y achuchones que le damos a nuestro bebé nunca son demasiados. Cuando nuestro pequeño pide brazos no lo hace por capricho. El contacto físico es, para él, una necesidad tan importante como comer o dormir. Así que déjate llevar y mímale mucho.

No hay estudios que hablen de los males de los niños “sobreachuchados”. Sin embargo, sí existen ( y muchos) los que demuestran las carencias, en todos los sentidos, con las que crecen las personas que no ha tenido contacto físico cariñoso en los primeros meses de vida. Para el bebé es una necesidad como el comer o el dormir, y lo normal es que a los papás les nazca por instinto responderle cogiéndole, acunándole, besándole….Los mimos forman parte de su desarrollo y frases como “este niño tiene mamitis” o “cuantos más brazos le des más va a pedir”, no tienen ningún sentido.

Un bebé no puede entender la palabra “te quiero”, pero hasta que lo entienda las mamás tenemos un vehículo infalible para hacérselo saber todos los días: cuando acaricias a tu bebé mirándole a los ojos, al darle el pecho, cuando le masajeas todo el cuerpo, cuando la abrazas….

Para muchos expertos, los primeros meses del bebé son la continuación del embarazo, por lo que los primeros meses deberían ser lo mas parecido a una gestación extrauterina, recreando en la medida de lo posible las condiciones que el pequeño tenía cuando estaba en la barriguita: “Es importantísimo que el bebé sea llevado en brazo o con algún portabebés, masajeando con nuestras manos como lo hace el líquido amniótico, que escuche nuestros latidos y nuestra voz como cuando estaba dentro. El contacto continuo con el chiquitín por parte de la madre hace que se pongan en marcha una serie de reacciones hormonales que facilitan la crianza”

El contacto físico con la madre no solo garantiza la supervivencia del bebé. Durante los primeros meses de vida se sientan las bases de nuestro desarrollo emocional: ¿somos confiados, tolerante, con una buena autoestima? Parece increíble, pero muchas de estas cualidades pueden estar determinadas por la forma en que nos trataron los primeros meses de vida. “Desde la concepción hasta el primer año tras el parto, el pequeño está desarrollando el cerebro primitivo, lo vegetativo, lo instintivo. Es lo que conoce por periodo crítico biofísico, la etapa en la que más daño psicológico puede sufrir un ser humano. Son las bases de lo que vamos a ser toda nuestra vida. Si se gesta un apego seguro, el niño crecerá desde la seguridad y la autoestima”

Cuando besamos y abrazamos a nuestros hijos no solo les estamos nutriendo emocionalmente. Si el amor es el motor que hace aprender a nuestro hijo, el contacto físico cariñoso es la gasolina que lo hace funcionar. “El funcionamiento del cerebro durante el primer año es más rápido y extenso de lo que se conocía y el desarrollo cerebral es más sensible a factores ambientales de lo que se pensaba. La influencia del medio ambiente a temprana edad deja huella para siempre.

Basta observar a un niño pequeño jugando para comprobar que la seguridad y el apego están íntimamente relacionadas con el aprendizaje. Pau cuando juega en el parque descubre cosas nuevas, de vez en cuando para de jugar y me busca con la mirada y sigue jugando contento cada vez que le devuelvo la mirada con una palabra cariñosa. Sin embargo, en el momento el que me voy  a la cocina y me busca con la mirada y no me encuentra, deja de jugar y me viene a buscar, o se queda tranquilo simplemente al escuchar mi voz desde la cocina.

“El cerebro se desarrolla en mejores condiciones cuando criamos con afecto. Cada vez que abrazamos, besamos o cogemos en brazo a nuestro bebé, se generan oxitocina y endorfinas, asociadas al placer. Además, tanto las endorfinas como la oxitocina favorecen que se desarrollen y refuercen las conexiones neuronales en las áreas relacionadas con la inteligencia, el pensamiento y el lenguaje. Pero lo más importante es que no hacerlo incide negativamente en el desarrollo cerebral, por ejemplo con atrofia del hipocampo. Los niños que no reciben afecto tienen un cerebro un 20 o 30% menor que los que sí lo reciben.

Y no solo se cuida el aprendizaje y la salud emocional, en bienestar físico de nuestro pequeño también se ve beneficiado de estar muy cerquita de nosotros. Los bebés nacen con muy poca flora bacteriana y necesitan estar en contacto con bacterias conocidas como las de papá y mamá. Con el parto vaginal y el contacto físico, especialmente si es piel con piel, se consigue que estas bacterias vayan colonizando la piel del niño y protegiéndolo de agentes externos. Con la lactancia materna se coloniza el sistema digestivo con bacterias intestinales de la madre, adaptándolo para digestión de los alimentos externos. La naturaleza es muy sabia y todo tiene su porqué.

Entonces, ¿qué pasa con los bebes “enmadrados” o que teóricamente sufren “mamitis”? Pues sencillamente que van a ser más confiados, independientes y felices que aquellos a los que se les han racaneado besos “para que no se acostumbren”. Cuando los niños nos piden brazos no lo hacen por capricho, falta mucha para que el pequeño pueda llegar al nivel de razonamiento que le permita manipularnos. Ellos son puro instinto, pura necesidad. Así que, ante comentarios de este tipo, podemos responder simplemente “es mi hijo, gracias”, o recordarle al consejero bienintencionado que esperamos que se acostumbre a nuestros abrazos.

¿El mejor Consejo?

Seguir nuestros instintos, confiar en que eso que nos pide el cuerpo, que es atraer al bebé hacia nosotros cuando llora, tenerlo cerca de día y de noche o comernos a besos esos mofletes es lo mejor para nuestro hijo. No se va a gastar ni lo vamos a malacostumbrar, así que !besos y más besos!

 

Silvia Fenollosa

 

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